TERCERA PARTE: HASSAN
Así, 20 años después, el pequeño Hasan, criado amorosamente por su madre, atendido de manera frugal pero consciente por el Sr. Piet Van der Merwe, llego a buscar a su padre a Calcuta. Con la calmada perseverancia heredada de su padre y el bengalí un tanto rudimentario que había tomado con la leche materna, se instalo a trabajar en esa ciudad, hasta que logró rastrear los empleados de la compañía que lo habian visto por última vez con vida. Por medio de estos, obtuvo los particulares de sus cuidadores, que a su vez tuvo que seguir cientos de pistas falsas hasta finalmente, y a punto de perder las esperanzas, dio con el médico, que por una fortuna caprichosa, había guardado su diario. Al llevarlo donde su madre, de vuelta en Batavia, lo cuidaron como una reliquia, aunque totalmente incomprensible. Hasan sabía que estaban en el idioma español, por la información que alguna vez le había dado el Sr Van der Merwe, pero la única manera que iba a lograr entenderlo iba a ser en la ciudad de Manila, antigua colonia española donde iba a poder encontrar gente conocedora de este idioma. Con la bendición y las lagrimas de su madre y una carta de recomendación de van der Merwe, partió a esa nueva estación de su búsqueda. En Manila tampoco le costo encontrar trabajo, otra habilidad heredada de su padre, tras haber aprendido contabilidad eficientemente trabajando en la compañía donde tan bien se había desempeñado su padre. Al aprender el idioma español, con la misma facilidad que lo había hecho Manuel el árabe clásico, este joven pudo por fin descifrar la historia de su padre. Al comprender estos portentos, se propuso ir a buscar sus raíces nada menos que a la misma Bolivia de sus ancestros. Volvió a Batavía, para discutir todo esto con su madre, con quien estudiaron el diario varias veces, haciendo revivir cada ves al añorado Mahdi, como se había hecho llamar Manuel en su familia despues de darle nombre a su hijo. Su madre hizo prevalecer en el la mesura, llamandole la atención sobre el terrible sufrimiento final de Mahdi. Le advirtió que no cometiera el mismo error, de dejarla abandonada, ahora si que a su miserable suerte. Una breve investigación epistolar, breve comparada con los años que le habían tomado las anteriores, permitieron que Hasan le confirmara a su madre que los cuerpos de sus padres reposaban bajo el suelo de la isla de Vanua Levu. así se quedó ejerciendo la contabilidad en Batavia hasta la ocupación japonesa. Cuando empezaron las confiscaciones masivas de alimentos, se dio cuenta que hubiera sido mejor irse con su madre a Sudamérica, aunque dudaba de la calidez con que los hubiesen recibido allí sus familiares, y ahora en retrospectiva se veía claro lo que se venía, pero en ese momento, igual que a la mayoría de sus vecinos, les poseyó lo que después parecía una absurda parálisis. ¿Y adonde hubieran huído? ¿A unos familiares que podían bien despreciarlos e incluso hacerlos deportar de vuelta? No veía propósito en exponer a su madre a tal humillación. El ambiente era de optimismo al empezar la ocupación, pero la consecuente hambruna provocada por las tropas de ocupación debilitaron a su madre, que cayó enferma y murió rápidamente. Hasan fue transportado a los trabajos forzados en el ferrocarril de la muerte, entre Tailandia y Burma, antes de que pudiera haber aprendido bien el japones, con lo que esperaba valerse mejor con las fuerzas de ocupación. Varios javaneses lograron un buen pasar por su cooperación con el imperio del sol naciente, pero a Hasan, por su condición de hindú, le era denegada esa oportunidad, y mas bien era mirado con recelo por su posible lealtad a la corona británica. En los campos de trabajos forzados fue donde Hasan logro salvar su vida actuando como traductor, y aprendiendo con pasmosa velocidad otras lenguas usadas entre los prisioneros. Al terminar el ferrocarril, en vez de irse con el resto de la fuerza esclava al Japón, se quedó trabajando en la administración de la linea, en un estatus de personal de confianza, lo que no era mucho, pero sí le salvo de quedar entre el 80% de trabajadores javaneses que no volvieron. Después del último bombardeo en junio del 45, el final de la guerra ya se veía venir. La administración del ferrocarril colapso, y Hasan quedo mas cerca de Rangún, que ya había sido liberado por los británicos, y a pesar del inclemente monsón, que ya había empezado, y de la desesperación de las tropas japonesas en sus últimas operaciones en Burma, se arriesgó a tratar de alcanzar las lineas aliadas, que él sabía estaban compuestas mayoritariamente por tropas de la India. El acercamiento lo hizo anexo a un convoy japones. Al llegar al frente de combate, el caos reinante le permitió escabullirse por la selva. Su recorrido entonces se transformo en una verdadera pesadilla, eludiendo a la muerte al esconderse antes de cada matanza. Innumerables soldados japoneses yacían por toda la ribera del río crecido, y eran arrastrados por sus aguas turbulentas. Las crueldades que vio en el ferrocarril no lo habían preparado para estos últimos horrores de la guerra. Finalmente logró ser capturado por una banda de guerrilleros Burmeses, que al constatar que no era del ejercito japones, logró convencer que era un prisionero que había huido de los japoneses, algo muy cercano a la verdad. Con ellos logro alcanzar un destacamento de soldados hindúes, que lo recibieron como un camarada mas, encontrado en la confusión de la guerra.
Tuvo la fortuna que la rendición del Japón le evitó el participar activamente en alguna otra operación militar. El “regreso” era a la India, el hogar de sus nuevos camaradas de armas. Como no tenía adonde volver en Batavia, optó por llamar hogar a Calcuta, el lugar donde mas se hallaba de los que tenía a su disposición. Los diarios de su padre habían quedado guardados en Batavía, en una caja se material resistente, pero fácil de abrir para que nadie se lo llevase pensando encontrar algún botín, Los dejo en una casa abandonada pero de firme construcción, con la esperanza de poder ir a buscarlos antes de que la humedad y las alimañas terminaran con él. Mal podía prever que estaba saltando dentro de otra hoguera de violencia. Calcuta, a donde llego a buscarse la vida en cualquier oficio menial antes de poder acceder a un puesto administrativo, estaba a punto de caer en la marea de violencia producto de la partición. Empezando por su nombre, no podía dejar de ser considerado otro musulmán más, y habiendo pasado por tan feroz devastación ya durante la guerra, prefirió ser de los primeros en huir a la Bengala Oriental, luego Pakistán Oriental. La nueva capital de Dhaka, para su fortuna, había quedado desierta de administradores, logrando un puesto gracias a sus conocimientos contables y lingüísticos. Gracias a lo que había aprendido trabajando en el ferrocarril, no le costó nada dominar el urdu y así hacerse un poco mas valioso para las nuevas autoridades, del lejano Paquistán Occidental. Durante este periodo de relativa estabilidad, la obsesión por alcanzar esa lejana tierra de promisión, la Bolivia de su padre, no abandonaba su mente. Lo primero que hizo apenas pudo ahorrar algún dinero fue ir a la ciudad que ahora se llamaba Jakarta, en busca del diario de su padre. Las circunstancias de su hallazgo fueron extraordinarias. El viaje y la búsqueda la hizo Hasan con solo la mas ligera esperanza de encontrar alguna cosa. Para su gran sorpresa, la casa donde lo había dejado era ocupada por un académico de la universidad, empedernido bibliófilo y coleccionista, causa del milagro de que el escrito aún haya estado legible. Lleno de esperanza volvió a Dakha, a su trabajo y a su vida espartana de ahorro, pasando los años enclaustrado para algún día poder llegar a la tierra andina que lo llamaba como una sirena. Sin duda que ese estilo de vida afecto su salud mental, sin embargo logro mantenerse a flote, y alrededor de sus cuarenta años, cuando empezó a notar las señales del conflicto en su actual nación, que el consideraba adoptiva. Habiendo progresado las condiciones de viaje, Hasan hizo un viaje sumamente imprevisor, y gastando la totalidad de sus ahorros, volo medio mundo, conoció una docena de aeropuertos y sus salas de espera, para llegar al Aeropuerto Internacional de El Alto, en el diafano aire que rodea a la ciudad de La Paz. Su primera impresión fue el efecto de la altura, el cansancio por el viaje y la falta de oxigeno pusieron a su cuerpo y mente en una durísima prueba. A duras pena consiguió entrar en un alojamiento, para dormir por mas de un día. Al recuperar fuerzas, su vasta experiencia en transplantes culturales le recomendo irse con calma. Dedico un par de semanas a simplemente recorrer distintas zonas de la ciudad y ambientarse con las costumbres, alimentos y la idiosincracia en general de esta ciudad. Cuando se considero en condiciones de buscar empleo, se dio cuenta que sin contactos, solo podía aspirar a los trabajos de menor cuantía, a pesar de su amplia experiencia en la contabilidad. Lo acepto de buen grado, y después de una par de semanas de búsqueda, encontró trabajo de auxiliar de aseo en la sucursal de un banco. Aprendió a arrancar de las marchas de protesta, y a aceptar que eran solo parte del paisaje y no una señal de un desastre inminente como las que había aprendido a anticipar, se fue enterando que las revoluciones no eran particularmente sangrientas en esta tierra, comparadas con las masacres de la partición de la logró escapar con tan buena previsión. Entonces, una vez establecido, se puso manos a la obra de encontrar a sus familiares. En esta ciudad procuro armarse un pequeño circulo social, iba a ser vital para orientarse y aprender de las idiosincracias locales. Curiosamente, no había una colonia, por pequeña que fuera, de comerciantes hindúes. Toda una vida de esfuerzos poder llegar a este momento. La ciudad no parecía tan grande y su investigación empezó por los pocos Ampuero que salían listado en la guía de telefonos. Las reacciones variaron desde una violenta colgada, hasta un pollo que trato de hacerse pasar por pariente con la esperanza de que fuera un extranjero de medios. La lista se agoto rápidamente, y se encontró mas perdido y desanimado que nunca en su azarosa vida. Las energías de su juventud se estaban agotando ya. Fue entonces, cuando revisando el diario de su padre, encontró un aviso de “Bahá’í” en una fachada de la ciudad. Inmediatamente le llamó la atención la palabra, que reconoció como árabe. Pidió mas información y al indagar mas presintió que había algo ahí que lo podía llevar a su padre. Al presentar brevemente lo que lo traía a La Paz, si bien sorprendió a sus interlocutores, se vio bienvenido, y al revisar las estanterías, le llamó grandemente la atención el libro titulado Kitab-i-Iqan, que supo traducir a Libro de la Certeza. Ese había sido mencionado varias veces en el diario, aunque del que su padre había llevado a Calcuta en su último viaje no había quedado rastro. Al sacarlo y empezar a hojearlo, encontró fragmentos conocido y se emociono hasta las lagrimas. Sus anfitriones lo acogieron cariñosamente ante esa demostración, pero no supieron darle ninguna referencia de su padre ni de ningún otro bahá’í de ese apellido. Le sugirieron entrevistas con antiguos creyentes en la ciudad, que no eran muchos, y así fue que encontró a una señora que era muy amiga de una sobrina de la primera esposa de su padre. Ella había sabido del tío Manuel, que se había ido para nunca volver, hace muchos años, y que nunca mas se volvió a hablar que había sido de él. Con esta pista que consideraba firme, constató que su padre no había dejado mas hijos en esa ciudad, y que no tenía ni hermanos ni primos, solo podía esperar encontrar parientes lejanos, algunos de los cuales ya lo habían rechazado por teléfono. Unas cuantas cartas redactadas con gran cuidado, pero que no obtuvieron respuesta alguno terminó por convencerle que no iba a tener recibimiento de su sangre. A pesar de esta amarga decepción, decidió quedarse en su modesta situación. Al cabo de unos años de frecuentar al pequeño grupo de bahá’ís de La Paz, por medio de la recomendación de la señora que le había dado la pista de su padre, encontró un trabajo en contabilidad, pudiendo mejorar su pasar y llevar sus últimos años con una regular comodidad.
Cuando llegué a La Paz, buscando información de mis raíces, encontré a Hasan ya de una respetable edad y aquejado de alguna dolencia tropical contraída durante su cautiverio. Estaba postrado y una señora cuidaba de él. Su relato terminó donde yo lo dejo, sin haber querido entrar en mas detalles de su vida en La Paz, que me parece fue mas bien tranquila. Nunca consideró volver a las tierras que lo vieron nacer, crecer, sobrevivir y buscar. Estaban todas sumamente cambiadas. Fiji hervía de sentimientos anti-indios; en Indonesia reposaban los restos de su madre, y no me supo explicar, ni quise indagar más, pero no le atraía la idea de remover esos cansados huesos; en la actual Kolkata, con su ir y venir de refugiados económicos, no esperaba mejor pasa; Pakistán Oriental era ahora Bangladesh, y su paso por la administración anterior no era una buena recomendación. De el diario de su padre he extraído este breve resumen, como una muestra mas de lo efímero de los esfuerzos humanos y de lo permanente que es esa búsqueda tras lo eterno.
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