viernes, 2 de agosto de 2013
Ana te Pahu
Cuando colapsó la sociedad megalítica de Rapa Nui, ante la escasez de alimentos los habitantes de la isla recurrieron al canibalismo. Uno de los refugios ante las bandas guerreras fue un sistema de cavernas conocida como la caverna de los plátanos, por haber en la entrada algunos de estos árboles. Esa mañana el guía nos avisó que era un lugar muy sagrado para los isleños, por todos los espíritus e incluso restos óseos que hay ahí. La noche anterior había pasado un frente y tuvimos que mojarnos sobre el tobillo cruzando el charco de la entrada. Solo una vez tuve que recordarles a los alumnos de no gritar. Caminamos unos cinco o diez minutos, alumbrados por nuestras linternas. Caminábamos con sumo cuidado, miraba cada paso y al mismo tiempo el techo, a veces muy bajo, para no golpearnos la cabeza. Llegando al final, vi la luz que caía del un cráter de hoyo, con un árbol a la vista. La belleza de esa imagen me distrajo por un segundo y resbalé. Caí mal. Me apoyé con mi mano izquierda, pero a mi derecha me recibieron varías piedras afiladas. Una me golpeó la cara y mis lentes cayeron cerca. Otra me dio en el pecho. El alumno que iba cerca mio se asustó y me preguntó si estaba bien. Yo solo atine a gritar pidiendo ayuda. Toque mis lentes, estaban enteros. Toque mi cara y sentí heridas. Mis quejidos llamaron la atención de todo el grupo. Sebastián, el guía, llegó a mi con su linterna de cabeza. Me hizo darme vuelta y me examino. Levanto el cuello de mi polera y se asusto al ver lo que me había hecho en el pecho. Vio también la afilada piedra en que me había herido. Instruyó a los alumnos para que formaran una fila única, con linternas por delante y detrás, y caminaran pausadamente a la salida. Sacó el botiquín de su mochila, me puso yodo en la herida y me dijo que había sido un corte bastante profundo, que probablemente iba a necesitar unos cuantos puntos. Mientras me limpiaba y ponía el apósito y gaza estéril, me imaginé los antiguos isleños, peleando por sus vidas en ese mismo lugar, con armas solo de madera y piedra; hiriéndose, desgarrando sus carnes y quitándose la vida con estás mismas rocas. Sebastián actuó con precisión y agilidad, era algo que había practicado mucho en su formación, esto y cosas peores, siempre deseando nunca necesitar ese conocimiento. Ahí estaba parte de lo que había aprendido, perfectamente incorporado. Terminó y me incorporé para caminar apoyado en él. Me dolía la pierna por una erosión extensa, pero la adrenalina me anestesió de la herida en el pecho, no necesitaba quejarme. Pasamos las miradas asustadas de los alumnos, pero les dije que no era nada que un par de puntos no pudieran arreglar. Salimos y justo había otro pequeño grupo de turistas que nos llevó en su jeep hasta el cruce donde nos estaba esperando una camioneta. Fuimos al hospital, donde la auxiliar Rosita me empezó a limpiar. Llego el doctor Bravo luego a mi box y cuando estuvo limpio el pecho, se puso a zurcirme con la minuciosidad y densidad que requiere esa zona tan sujeta a tensiones con cualquier movimiento, doce puntos en linea vertical bajando desde el borde inferior de la clavícula. Mientras tanto, otra paramédico me iba limpiando las otras heridas para ver si alguna más necesitaba sutura. Me llamo la atención la informalidad isleña con que la paramédico le pidió al medico cuando se desocupó que le alcanzara una gaza. Dos puntos en la palma izquierda y uno en el mentón completaron el arreglo. Finalmente, aunque mi respiración era normal, el doctor pidió una radiografía para descartar un improbable compromiso pleural. Nos atendieron tan rápido que alcanzamos a volver al lugar de donde salimos y ver al salir a mi grupo, yendo a su cabalgata de después de almuerzo. Los guías no conocían de otros accidentes de esa magnitud en esas cavernas, más que nada cototos por golpes con el techo. Me quedé reponiendome con la tía Catalina, la matriarca del fundo que nos servía de base para las actividades de ese día. Comiendo una cazuela de taro, me dijo también que era raro un accidente así, que tenía que ir a la boca de la caverna y gritarle a los espíritus que por qué me habían hecho esto.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario